Senderismo por Extremadura: Las Villuercas, ¡PURA VIDA!… (Ruta Alfonso Onceno).

Al igual que en el anuncio de los turrones, de nuevo ASTOLL vuelve a las Villuercas por Navidad, y encantado de que así sea y de que se siga perpetuando en el tiempo esta sana tradición.

Posiblemente haya mejores fechas para esta visita, quizás en plena otoñada para contemplar el bosque con el característico manto multicolor de las hojas que envuelven robles y castaños en esta estación del año, algo que aportaría un plus extra al recorrido, dándole un halo de fantasía. Pero ésta época, ya a la puertas del invierno, también es buena para realizar esta ruta, porque podemos verla con otros ojos, con otro tipo de paisaje totalmente distinto, aún siendo el mismo recorrido, algo que nos haría preguntarnos si realmente habíamos estado en ese lugar antes, no solo por las diferencias evidentes en el entorno propias de las diferentes estaciones, sino también porque uno siempre descubre cosas nuevas, enfoques distintos, rinconcitos y sorpresas con las que otras ocasiones no se encontró, o porque la propia “pacha mama”, la “madre tierra”, nos muestra un paisaje diferente en función de si toca una época de más o menos lluvias y humedad, porque todo repercute en este paisaje espectacular de las Villuercas, donde la NATURALEZA se escribe con mayúsculas…

Son ya muchas las ocasiones en que ASTOLL ha realizado esta ruta, y en gran parte de ellas, algo normal por la época del año en que se realiza (mes de diciembre), coiniciden con días grises, fríos, húmedos, lluviosos, y más aún en los días previos a la ruta, incluso días en los que la nieve hizo acto de presencia en pleno recorrido… días en los que levantarse de la cama y salir del confort del hogar a las seis o a la siete de la mañana no parece lo más aconsejable, pero al final todo tiene su recompensa y después de realizar este recorrido por las Villuercas uno regresa feliz a casa, con una gran satisfacción personal por haber sido absorbido por la naturaleza, por el entorno, por la “pacha mama”, por haber tenido la suerte de disfrutar de todos los sentidos, de vivir sintiendo y no soñando, y aún más en los momentos en los que uno permanece en soledad, en silencio, sin distracciones, que es como mejor podemos fijarnos en los pequeños o grandes detalles, aunque también es bueno en otros momentos llevar compañía para compartir sensaciones y que te ayuden a ver lo que a uno se le pueda escapar, que te ayuden a ver con otros ojos, observando y aprendiendo.

El recorrido, una vez dejada atrás la pequeña localidad de Navezuelas, se adentra rápidamente por un camino estrecho, en subida, a veces senda a veces camino, flanqueado por vetustas paredes de piedra, llenas de musgo y hojarasca, y tanto la senda como los alrededores se encuentran envueltos por un bosque que en ocasiones, sólo en ocasiones, bien a la derecha o bien a nuestras espaldas, nos deja ver alguna panorámica de la sierra de las Villuercas antes de llegar al collado de la Pariera, el primero de los dos collados a los que tendremos que subir, aunque en ocasiones, el camino empedrado de losas ennegrecidas se convierte en un auténtico arroyo con un caudal difícil de esquivar, así que al final, el senderista acaba asumiendo que el agua forma parte del recorrido, del entorno, dejando de pensar donde pone el pie para no mojarse, para comenzar a pisar con paso firme sobre el agua, olvidándose de si se moja o no, y centrándose en la ruta en si, dejándose de desvaríos y paranoias.

En  la primera bajada, hacia el río Viejas  podemos disfrutar de amplias panorámivas del valle del Viejas, de bosques de robles, de  senderos estrechos, anegados de agua que se precipitan vertiginosamente hacia el río Viejas; senderos cubiertos de un manto de hojarasca de colores pasteles: ocres, marrones, rojizos, todo ello aderezado con el verde intenso del musgo que cubren los troncos de los árboles y las piedras mojadas y resbaladizas que flanquean el sendero…

Siempre es agradable caminar por este tipo de paisajes, con senderos estrechos, empedrados, cubiertos de la hojarasca que cruje con su característico sonido al pisar sobre ella en nuestro caminar, aunque en otras ocasiones el sonido es más el del chapoteo de nuestras botas sobre el agua que sendero a bajo, va a morir al río, y eso por no hablar del incesante lloro de la ladera de la sierra que tenemos a nuestra derecha, cuyas lágrimas convertidas en toda una red de hilos de agua que bajan por doquier, en unas ocasiones se unen a las que ya lleva el propio sendero y en otras, su fuerza hace que crucen el sendero en perpendicular y se precipiten ladera abajo hace el río, en un recorrido aún más largo.

 

Caminos, senderos, ríos, arroyos, musgo, liquen, helechos, niebla, humedad,… todo este cóctel hace de éste un entorno especial, mostrándonos una explosión de colores que ya quisieran para sus paletas los mejores pintores… pero si la niebla hace acto de presencia, siempre imprevisible, siempre misteriosa,  hará que todo a nuestro alrededor se difumine y hará que veamos paisajes diferentes; una niebla fruto de la cópula entre tierra, aire y bosque (que diría Juan Goñi), que todo lo preña a su paso de una humedad suprema, haciendo que la temperatura se desplome. Todos los elementos en su conjunto forjan este entorno armonioso, donde hay que dar rienda suelta a las sensaciones; paisaje  fantasmagórico para algunos, espectacular y enriquecedor para otros.

 

La llegada al rio Viejas coincide también con el tramo más idílico de la ruta, que bien parece sacado de un cuento de hadas. Pasado el pequeño puente de madera, el senderista se adentra en la plenitud del bosque, todo rebosa humedad, todo es un auténtico crisol de colores, oscuridad, y un alegre ronroneo de las aguas del río que se precipitan hacia bajo, raudas, veloces, frías, cristalinas, diría que hasta contentas de surcar por estas tierras, por estos parajes tan coquetos, tan maquillados de forma natural, tan coloridos, tan silenciosos, tan inmutables…. uno respira profundamente y ¿que huele?, a Naturaleza, ¿que siente?, Naturaleza, ¿que escucha?, Naturaleza,… si alguien todavía no sabe que es la Naturaleza, no hace falta que lo busque en internet o coja una enciclopedia, simplemente tiene que venir a sitios como éste, por ejemplo, pero de forma pausada, lenta, armoniosa, nada de prisas ni de falsos e inútiles piques por ver quién llega primero al fin de ruta o ver cuanto tiempo le sacamos al siguiente o al último en llegar, nada de competiciones, todo lo contrario, hay que seguir las recomendaciones del gran naturalista (entre otras muchas cosas) Joaquín Araújo : “Acoge a la lentitud. La velocidad destruye la ternura y los paisajes. Incluso la comprensión«, después de esta buena receta, huelga cualquier otro comentario.

 

Desde la casa-refugio-merendero, situada en un lugar ideal, casi estratégico, comienza la segunda subida de la ruta, y de nuevo por sendas estrechas y empedradas, y de nuevo por sendas que se tuercen y retuercen para ir ganando poco a poco altura en esta zona más estrecha del valle, y en ocasiones, puede que la senda se haga río y que nos encontremos  caminando sobre las aguas, rodeado de una espesa arboleda y de una vegetación exuberante, de helechos con tonos marrones y rojizos que resaltan aún más al juntarse con el verde musgo intenso, o con el verde liquen o con el gris piedra. Las gotitas de agua colgadas de las ramas de árboles y arbustos, apunto de precipitarse al vacío o sobre nuestras cabezas al más mínimo roce con ellas. Al llegar al final de esta subida, donde el espeso bosque al igual que el valle se van abriendo, dejando espacios más abiertos, dejando a nuestra derecha, allá en las alturas, al pico Villuercas, que con sus 1.600 metros es el más alto de los Montes de Toledo.

 

Es precisamente al llegar a la carretera que sube a la cima de este pico, cuando se emprende el último y largo descenso que nos llevará hasta Guadalupe, previo paso por la ermita mudéjar del Humilladero. Bajada larga en distancia pero corta en el tiempo, porque el senderista sigue disfrutando del entorno natural en el que se encuentra, ya que la primera parte de esta bajada prosigue entre la espesa arboleda del bosque junto a la Sierra de Ballesteros. El senderista camina en medio de un bosque de árboles esbeltos, delgados, prietos, bajo una colorida alfombra de hojas secas que han sido descosidas lentamente de las ramas de los árboles, cayendo de forma silenciosa, parsimoniosa, con elegancia, danzando al son del viento que las mecería en su caída durante este otoño que ya nos abandona, mientras, el senderista se lamenta de no que hubiera estado aquí en ese momento. Hojas que guardan los secretos del bosque y que susurran entre ellas sobre esos personajes que en algunos tramos pasan junto a ellas en fila india, absortos ante tanto colorido y vitalidad.

 

Y así de distraídos ante tanto encanto, llegamos al único PERO de la ruta; de nuevo salimos a la carretera que sube al pico Villuercas, porque ahora el senderista no se limitará a cruzarla, sino que tendrá que seguir por ella durante casi un par de kilómetros, hasta llegar a la altura de la ermita del Humilladero, donde a la derecha tendrá que coger de nuevo un camino, perfectamente señalizado, paralelo a la carretera que va de Guadalupe a Navalmoral de la Mata, quedando ésta la izquierda, mientras que a la derecha podrá contemplar bonito paisaje donde entre el verde dominante destacan el colorido ocre, anaranjado y amarillento de las hojas que aún no han caído de algunos árboles. Aquí, en este tramo, disfrutando del paisaje durante los últimos casi 4 km de ruta, por un camino bueno, flanqueado en ocasiones por paredes de piedra, es cuando de nuevo me quedo sólo al parar para hacer alguna que otra foto, mientras el resto de compañeros con los que iba, tiran hacia delante.

Llegaremos a Guadalupe  adentrándonos en sus calles que bajan  hasta llegar a la plaza coronada por la fachada principal de su regio Monasterio.

 

Y en Guadalupe ya se sabe, el personal se dispersa para hacer sus quehaceres: compra de lotería, compra de morcilla, visita a la Virgen, cervecita, otra cervecita, morcilla, bacalao, un vinito, más morcilla, otro vinito, café, postre y directos al autobús, esperando que el próximo año podamos seguir con esta sana costumbre de al menos, hacer una ruta por esta zona en la semana previa a la navidad.

 

En general, una ruta espectacular, en el corazón de las Viluercas, ¡pura vida!, donde NATURALEZA se escribe con mayúsculas. Esta ruta de Alfonoso Onceno nunca defrauda, a pesar de las inclemencias meteorológicas, haga frío, lluvia o un sol radiante.

 

Como guinda a esta entrada, terminamos con unas palabras del ‘maestro’, del grande Juan Goñi (de “Navarra al Natural”):
Allí [refiriéndose al bosque], mientras las hojas de los árboles se descosen poco a poco y caen, no sin antes incendiar sin fuego los paisajes y las almas, nos dejaremos arrullar por los silencios, los rumores y los trinos, en definitiva por la voz del bosque, la más armoniosa armonía que solo el bosque y sus habitantes son capaces de susurrar.
Se desatan las emociones para los que no tememos ampararnos en nuestros propios estremecimientos, para los que aún nos atrevemos a sollozar cuando nos vemos por entero comprendidos por la más sutil y poderosa belleza: la belleza vital, impetuosa, invencible y lúcida del bosque en otoño”. Sin palabras…

Os dejamos un vídeo con el recorrido de una de las ocasiones, tiempo atrás, en que ASTOLL hizo esta ruta.

 

Publicado en Crónicas, Senderismo.

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